Lealtad en las Artes Marciales. Los “47 ronin”

Lealtad en las Artes Marciales. Los “47 ronin”

Lealtad en las Artes Marciales. Los “47 ronin”


La historia de Oriente suministra numerosos ejemplos de guerreros que llevaban a cabo venganzas o suicidio llevados por el honor y la lealtad. Ninguno de ellos es, sin embargo, más conocido o ilustra mejor un ideal de honor guerrero que la historia verdaderamente acaecida de los 47 fieles ronin de Ako.

El episodio abarca una sucesión de hechos que dieron comienzo en Edo (la actual Tokio), durante el shogunato Tokugawa. El año que corría era 1701, un siglo después de que Tokugawa Ieyasu hubiera unificado el país con el filo de su espada. Su descendiente, Tokugawa Tsunayoshi, gobernaba el archipiélago y se aseguró la lealtad de los daimyo o “señores de la guerra” a través de la institución del sankin kotai o “servicio alternativo”. Esta ley obligaba a todos los daimyo a mantener residencias para sus familias en Edo y a pasar uno de cada dos años en la capital feudal. De esta forma, al mantener a sus familias como rehenes, los débiles y paranoicos administradores bakufu garantizaban la lealtad de los todavía poco refinados y rurales daimyo.

Asano Takumi no Kami era uno de aquellos daimyo. Señor de la provincia rural de Ako, Asano era todavía un guerrero en el más auténtico sentido de la palabra. Por desgracia, era joven e impetuoso, y sus rudos modales marciales no se avenían con los de los gentiles sicofantes que llenaban la corte del shogún. Cuando uno de estos lo insultó, Asano desenvainó su espada y lo atacó.

Asano solo consiguió herir a su rival, Kira Kotzuke no Suke, pero le costó la vida, porque el simple hecho de desenvainar un arma en la corte constituía una ofensa capital. por su falta de dominio de sí mismo, el shogún ordenó a Asano que cometiese seppuku o suicidio ritual. Asano era un vasallo obediente y, en la tarde de aquel día, terminó con su propia vida.

Lo sucedido colocó repentinamente a los seguidores de Asano, el samurai de Aki, ante dos problemas. En primer lugar, se encontraban sin señor y sin empleo. Se trataba de una situación nada satisfactoria porque, bajo el control de los Tokugawa, Japón llevaba en paz mas de cien años, y los ronin o “samurais errantes”, contaban con pocas posibilidades de encontrar trabajo. Lo que todavía empeoraba la situación era que, al haber sido condenado su señor por haber transgredido la ley del shogun, todos sus seguidores estaban obligados por honor a cometer también seppuku. La mayoría de ellos estaban preparados para hacerlo, aunque cuando se enteraron de la forma en que su señor había sido inducido a su sino por su rival, Kira, decidieron que no podían terminar con sus vidas sin solucionar el asunto.

Todos los samurai habían sido “entrenados” en el principio de Confucio de que “ningún hombre puede vivir bajo el mismo cielo que el asesino de su jefe, señor o padre”. Por supuesto, el seppuku los hubiese apartado del cielo de Kira, pero los ronin de Ako consideraron que en este caso, su deber debía ir un poco más allá de unirse con su amo en el otro mundo. Decidieron que tenían el solemne deber de vengar la muerte de su señor.

No sería fácil misión. Todo Edo sospechaba que los ronin intentarían algún tipo de ataque, y Kira se encontraba protegido por el shogun. Los bakufu tenían espías por todas partes. Kira, hombre rico y con muchos amigos, contaba también con una numerosa guardia de seguridad, de modo que los hombres de Ako decidieron elaborar una estratagema para convencer a los habitantes de Edo de que no constituían ninguna amenaza, hasta que la atención en ellos se hubiese apagado.

Durante los dos años que siguieron, los 47 ronin tomaron caminos separados y, para sombro y repudio de la sociedad de Edo, no intentaron ni vengarse ni honrar a su desaparecido señor. Desaparecieron en desgracia, y muchos de ellos hubieron de adoptar ocupaciones no relacionadas con la guerra. Algunos llegaron a abandonar a sus familias y se convirtieron en borrachos y mujeriegos. A los ojos del shogun e incluso de los plebeyos de Edo, aquellos hombres carecían de honor y de cara.

Pero todo era una farsa.

En 1703, la atención se había desviado de aquellos ronin tan degenerados de Ako, así que, una noche del mes de Diciembre, los 47 leales se reunieron por última vez y salieron juntos, bajo una tormenta de nieve, hacia la mansión de Kira. Cogieron a la guardia totalmente desprevenida. En un ataque sorpresa, seguido de una breve escaramuza, mataron a Kira y a todos los que vivían con él. Después tomaron la cabeza de Kira, la lavaron en un pozo cercano y la colocaron como ofrenda sobre la tumba de su señor.

Aquella misma mañana, los 47 leales ronin de Ako se rindieron a las autoridades bakufu. Tras intensos conciliábulos con sus consejeros, el shogún los condenó a muerte, aunque decidió que se les permitiese hacerse el seppuku y morir como guerreros en vez de como criminales. A los pocos días, los 47 guerreros se había unido a su señor y entraban en los anales de la historia de Japón como héroes nacionales.

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