El Taoísmo en la cultura china.

El Taoísmo en la cultura china.

El Taoísmo en la cultura china.


Son ascetas, pero detestan las mortificaciones. Son creyentes, pero poco les importan dioses, dogmas, morales y opiniones. Son místicos, pero nunca hubo plegarias y efusiones más frías que las suyas. Son, o al menos ellos no dudan serlo, los únicos y verdaderos amigos del hombre, pero se burlan de las buenas obras. Conocen, dicen, la verdadera forma de conducir al pueblo y sin embargo lanzan los más duros sarcasmos cuando oyen hablar de deber social. Han dado a China temibles cabecillas o jefes de secta, políticos llenos de tacto, sus dialécticos más sutiles, los filósofos más profundos y su mejor escritor. Sin embargo ellos estiman únicamente la modestia, la privación, la reserva. Nadie es sabio, insinúan, si deja una huella”.

Así describe Marcel Granet a los primeros filósofos taoístas, los que intentaron, con plena conciencia de ellos, llevar una vida digna del Tao Te Ching.

¿Qué encierra esa filosofía para, veintiséis siglos después de ser plasmada en uno de los más bellos libros que se conocen, seguir conmoviendo a los seres humanos? La palabra clave quizá sea contrapunto. Y su campo de influencia parece tanto China como el resto del mundo.

Vivimos inmersos en una época Yang , en la que los valores identificados como masculinos y la búsqueda del éxito se exaltan en todos los terrenos. Deportistas, predicadores, profesionales, empresarios, medios de comunicación, parejas, niños incluso… todos anhelan para sus vidas múltiples triunfos parciales dentro de un proyecto de triunfo general. La base de la pirámide de esas victorias se disimula como se puede. Es el fracaso, la enfermedad, la soledad, la conciencia de las propias limitaciones… todos esos temas que “no son noticia” pues distraen de la zanahoria prometida que cuelga un poco más allá. Que media humanidad tenga problemas para subsistir y la otra media para ser feliz apenas es una nota a pie de página. No se nos educa para que simplemente nos cultivemos. Y no se puede vivir instalado en el éxito por la sencilla razón de que el tiempo de cosecha rara vez es permanente.

La filosofía del yin y el yang es probablemente la que mejor ha expresado ese equilibrio inestable entre dos términos contrarios, que se necesitan mutuamente y en la cada uno de ellos alberga el germen del otro. Esa teoría, nacida de la observación de la naturaleza, constituye a su vez la fuente esencial del taoísmo y del Tao Te Ching.

A quienes saben que las monedas tienen dos caras pero intentan que en su vida predomine la más atractiva, el Tao Te Ching viene a decirles que jueguen la carta contraria. Que no busquen sus objetivos de frente, sino dando un rodeo; que se pertrechen de amor antes de afrontar una batalla; que se rebajen en la misma medida que aspiren a la grandeza. La naturaleza tiende a compensar los desequilibrios.

Quizá el auge del confucianismo en China y su oposición a taoísmo es la mejor carta de credibilidad para el Tao Te Ching: de alguna manera, si este libro propone una vía yin o femenina para el “éxito”, está sembrando el camino para que también surja una opción yang, más directa y agresiva. Pero la oposición entre ambas escuelas, que constituyen dos filones constantes para comprender la cultura viva más antigua del planeta, no es total, al contrario de lo que pudiera pensarse. Se diría más bien que es como si fuera el complemento de la otra. Por usar los términos chinos, el taoísmo le correspondería el aspecto yin y al confucianismo el aspecto yang del todo único que es la concepción china de la vida y el mundo.

En el campo social podría decirse que si el confucianismo es la filosofía de los que han “triunfado” o esperan triunfar, el taoísmo es la de quienes han fracasado o han conocido la amargura y la vacuidad del éxito. Si se quiere concretar en tipos humanos, el producto del confucianismo sólo podía ser el funcionario consagrado a su trabajo, un profesional plenamente integrado en el medio social. Fruto del taoísmo sería, por el contrario, el individuo soñador e inconformista, el vagabundo tan amigo de la naturaleza y de la bruma, como de la embriaguez lírica. Y si ambas escuelas de pensamiento forman el árbol único del saber chino, por la misma razón los dos tipos humanos pueden convivir en una misma persona. el funcionario confuciano (y su equivalente moderno), cumplidos sus deberes oficiales, pueden dedicarse a la meditación taoísta, a prácticas de control de la respiración, o a buscar en el vino no la simple embriaguez, sino la elevación mística. Por algo en China se dice que el hombre perfecto es “confuciano de día, taoísta de noche”.

En su vertiente más mundana, el taoísmo se entendió como una ideología permisiva de lo “privado”, contrapuesto a lo “público”, regulado por rígidos principios confucianos. el ideal de encontrar la llamada “vía de en medio” entre ambas es la base de lo que suele definirse como sabiduría china.

Ahora bien, si un aire fresco aporta desde su lejano nacimiento el Tao Te Ching a la humanidad, es su apuesta, bella y profunda, por la vía yin. Filosofía para perdedores, se ha dicho en más de una ocasión con desprecio. Filosofía para quienes saben que nada es permanente (empezando por el triunfo y la derrota) y aspiran a entrever la unidad tras el velo de sus engañosos flujos.

Aunque el taoísmo inició su decadencia como religión y como filosofía alrededor del siglo X de nuestra era, en detrimento del confucianismo, no ha dejado de estar presente en la vida china. Desde la sombra para ganar en eficacia, tal como cantó Lao Tse, ha tejido y teje la trama del mundo.

 

 

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